viernes, 22 de enero de 2016

BREVE MANIFIESTO MATERNAL

Escribiré lo que sigue mientras me zampo un "Mamut" de alguna goodie bag olvidada del Matius porque YOLO.

PRIMERA PARTE:
Me encuentro cómodamente sentada frente al teclado (el cual inexplicablemente tiene la tecla "i" sumida), pensando en por qué estoy escribiendo a esta hora, cuando la mayoría de ustedes, mis queridos menos cinco lectores de siempre, no van a pelar ya que se encuentran frente a sus autos, camino a casa.
Y a pesar de tal posibilidad, he encontrado un momento de calma en donde las risas de Mateo se confunden con los "chup chup" de Alondra, totalmente sumergidos en un especie de juego fraternal muy lejos de mis alcances (bueno... es un decir; quien conoce mi minúsculo departamento sabrá de lo que hablo).
Entonces yo comienzo a divagar... pienso en lo que podría estar haciendo en una noche como ésta.
Sola.
O casi.
O bueno, sin Marmota y los chicos.
Y, el ejercicio es un poco temeroso. Describírselos supondrá un acto francamente terrorista para mi relación porque sinceramente... a veces hace falta soltar amarras y despedir a la conciencia. Aunque sea solo jugando a "¿Qué pasaría si...?"
Mejor no, como los nadadores cobardes que no se animan a lanzarse a la honda, dejo pasar esta oportunidad de aliviar la comezón del corazón.

SEGUNDA PARTE:
Esta semana festejamos a los dos chicos. Fue una semana llena de "ay, ¿te acuerdas?" y bueno, claro que nos acordamos y claro que lloramos y extrañamos un poco ese tiempo.
Mis redes sociales no dejaron pasar inadvertido el hecho de que hace ocho años me convertí en mamá y ello me proveyó de múltiples reflexiones. Todas funestas y explico:
Ser la mamá de ese par ha sido lindo y extenuante. La paciencia y los nervios se han puesto a prueba muchas veces. Me ha limitado como persona y me ha dejado lágrimas y alegrías. No hay nada romántico en la idea de pasar toda una mañana calmando el berrinche de un bebé, preparando desayunos, revisando uniformes y encima, actuar el papel de una especie de "Penélope" con pijamas viejas y cafeína tempranera.
Amamantar mientras revisas las conversaciones del whatsapp de padres y madres que también se encuentran en la misma situación que tú, al mismo tiempo que intentas, mediante la actualización de tu foto de perfil en ______ (ponga aquí la red social de su preferencia, seguramente también ahí tengo cuenta), decirle al mundo que existes más allá de la maternidad.
Y aún así, soportar las críticas veladas que te lanzan sin piedad acerca de tu estilo de crianza, la decisión que has tomado de "no trabajar" y quedarte en casa "seguramente sin hacer nada", por no estar en forma, por no lucir como las chicas fit pues nuestra ropa lleva manchas de comida y es "funcional", por no tener fuerza para retener a un esposo o para conservar el misterio del romance.
Claro que nos late un corazón debajo de esas gruesas capas de miedos, frustración y cansancio, porque ser "mamá que no trabaja" es la etiqueta más injusta que existe en este mundo y luchar contra eso, luchar por ganarte un poco de respeto y consideración es simplemente agotador.
No somos materia de estudio, la literatura pasará de largo sin vernos, somos las musas de nadie, no despertamos amores volcánicos ni pasionales (¡ouch!), y si nuestros hijos son los mejores de su clase, inmediatamente levantan la sospecha de que "claro, es que su mamá no trabaja". 
Nadie nos dará crédito de nuestras acciones pues simplemente el trabajo que desempeñamos es carente de valor comercial; a veces en nuestro mismo núcleo se cuestiona nuestra existencia y utilidad.
Vivir ocho años de ésto ha sido un verdadero acto de fe.
Fe en los enanos que en este momento ya están gritando y llorando... adiós a la tranquilidad.
Ok, respiremos... es tiempo de la merienda, es hora del cuento y es hora de los besos más sinceros que recibiré el día de hoy.
Nite, nite, queridos...

viernes, 15 de enero de 2016

Papita, it's (almost) your birthday!

Un viernes de hace 363 días, una muy embarazada Dana se encontró pensando en todas las cosas que, fiel a su costumbre, había dejado hasta el final: comprar artículos de higiene personal, comida para tres días, el regalo que el nuevo hermanito le daría al viejo hermanito, etc.
El dilema de "manejo o me voy en taxi" se planteó en su cabeza y terca como es, decidió que si iba a sufrir un percance, prefería por sobre todas las cosas llenar más su costal de culpas que compartir tan exclusivo privilegio con alguien más.
Así que manejó por última vez en su muy avanzado estado gestacional, se plantó con todo y su panza en la caja especial para personas de la tercera edad y embarazadas (última vez que gozaría de tal distinción) y pagó con los últimos pesos que le quedaban de su ahora extinta independencia económica, cualquier cosa que eso signifique.
Al día siguiente se encontraba despidiéndose de su Matius, con la dolorosa certeza que la vida después de unas horas no volvería a ser igual entre ellos dos y que la música sonaría diferente, tal vez un poco más melancólica; le pidió mentalmente perdón por haberle hecho tal cosa (quitarle su lugar de "único", volverlo "el insufrible, tozudo y gimoteoso hermano mayor") y se despidió con odio de Marmota, el único ser culpable de encontrarse en ese estado.
La sala pre operatoria era super cómoda, pasaban una película hermosa por cable y el baño se encontraba a poca distancia. La enfermera llegó, la preparó y le informó que el pediatra esperaba afuera.
El pediatra llegó (¡guapísimo, maldíta sea!) y preguntó muchos datos. A todo dijo que sí, el estado de obnubilación ya empezaba a invadir su cuerpo.
El único dato que aún desconocía (aparte del hecho de estar a punto de morir) era el género que cargaba en su panza... tal vez era la motivación de la que hablaban las abuelas cuando las mujeres debían pujar por su vida y la del hijo que venía a conocer el mundo. Se sintió traidora hacia su propio género; ella, una mujer como cualquiera, teniendo a su hijo con todas las comodidades posibles que el paquete obstétrico podía ofrecer. ¿No dicen los puristas que una cesárea no es igual a un parto natural? Ahora sería doblemente menos madre que las demás...
El tiempo pasaba lentamente en el PreOp, la película terminaba con final feliz y ahora se encontraba en la camilla, camino a la plancha.
Vagamente recordó la primera vez que se encontró ahí, tan jóven, tan inexperta, tan ingenua.
El anestesista se le acercó lentamente (o al menos la solución salínea que ya recorría su cuerpo así lo percibió) y con un tono suave, amable, casi cómplice le preguntó si podría ponerse de cucharita. De no ser porque Marmota se encontraba en el mismo lugar, enfundado en su bata especial que decía "Papá", estaba segura que aquello era un seguro coqueteo y ella no podría decir que no. 
La aguja entró, un líquido frío recorrió su espalda y la llenó de certezas; contó hasta 8, hasta 32, hasta 40... pensó en su coeficiente intelectual, pensó en la carne congelada en su refrigerador, pensó en sus libros, pensó en su mamá (ahí casi se le quiebra el ánimo); vagamente escuchó al pediatra decir que no se pasaran con la glucosa, escuchó a la doctora preguntar si estaba cómoda...
Sintió sacudidas en su panza, manos apresuradas, guantes moviéndose por todos lados y la cámara de Marmota haciendo "click click". El anestesista la tomaba de la cabeza, acariciándola y tranquilizándola, era una sensación deliciosa.
Y luego... un grito pequeño, como de gatito y la velocidad aumentó... el Pediatra corría, la Ginecóloga pedía suturas, gasas, pinzas, tijeras y ella sólo atinaba a preguntar "¡¿Qué es?!".
Marmota la señaló, "es una tú"... Una lágrima despistada rodó por su mejilla.
"Es una tú"... 
Ahora la escucho llamándome para que la cargue y la mime.
Y no me resisto. Es un privilegio poder estar en casa cuidándola, viéndola crecer cada minuto, ser cómplice de sus secretos...
Feliz casi primer cumpleaños, Alondra. Mi Papita, mi dulce -dulcísima- niña.

jueves, 7 de enero de 2016

DETOX 2016

Se suponía que el último día del año pasado se quedaría con todo lo malo, viejo, enfermo y desagradable. pero es generoso y extiende sus poderes hasta el año que comenzó, para que no se me olvide que tengo muchas, MUCHÍSIMAS cuentas pendientes y varios cadáveres en el armario.
¡Qué detalle!
Así, es imposible agarrarle sabor al comienzo y si ustedes son de los optimistas que sienten que éste año viene (o van) "con todo", no quisiera quitarles el impulso ni la intención: aquí les devuelvo sus dos pesos y pueden proceder a retirarse... (aquí junto hay un blog que da muy buenas citas para ponerlas en sus respectivos feisbuks).
No es cierto... la verdad es que me siento muy muy muy triste.
Es una tristeza vieja, que hasta tiene manchas de humedad y que ocupa mucho espacio. Demasiado...
Es tristeza que quiere incrustarse en un solo lugar, hacerse ovillo y dejar que la hojarasca la cubra por muchos inviernos más.
Se siente como cuando llegas tarde al cumpleaños de alguien que te esperó durante mucho y tú te entretuviste persiguiendo mariposas. Y cuando llegas finalmente, sus huellas aparecen finamente dibujadas en la tierra.
O no...
O tal vez son pretextos para llorar.
Llorar es bueno... dejaré que esto fluya y desemboque en donde tenga que parar.
Es cierto, tarde o temprano tengo que parar.