domingo, 10 de enero de 2010

El Matiu.

Mucho me sorprende mi hijo y los bebés en general.
Fuera de las ondas babyeinstenianas y montessorianas, siento que: efectivamente, para ser padre no se estudia, pero hay niveles, eh?
Recuerdo que cada vez que sentía una injusticia cometida hacia mi persona por "equis", inmediatamente registraba el hecho en mi cabezita (perdónen la ortografía, es que zezeo de vez en cuando) y juraba y perjuraba por la máxima deidad existente que jamás de los jamases repetiría tal pifia con mis hijitos.
Peeeeeeeeero años de información inútil y sendas dosis televisivas hicieron que mis propósitos se fueran derechito a la goma y ahora, al no saber qué hacer con El Matiu, el temor de cagarla en su educación pesa peor que una pipilosa losa.
Y pues si. Mala hora elegí para hacerle caso a mis papás, a los suegritos, a la tía, a la prima, a la amiga, a la comadre, al compadre y a quienes ustedes más gusten y manden; sus enseñanzas invaluables han hecho que mi cabeza y mi sentido común estén embotados.
Ahora sólo ruego porque Mateo no me eche en cara nunca el apestoso hecho de haberlo llevado al Papalote, de arrastrarlo a la Feria del Libro, de comprarle cuentos de Satoshi Kitamura, de saturarlo de Treinta y un minutos, de mojarnos en la lluvia, de atiborrarlo de chocolates, de ponerlo a escuchar a Suede y Stone Roses y obligarlo a que observara tele gringa.
Los niños son tan...misteriosos; cada uno tiene su magia, su chiste.
Y claro, el mío es el más mágico de todos.
El buen Matiu.