jueves, 25 de octubre de 2012

COFFEE AFAIRS

Llevo una semana sin tomar café.
La sola frase hace que más de un amigo que me conozca se plantee si me encuentro bien. Lo se.
Para mi, el café es sinónimo de bienestar, de "todo va a estar bien", de apapachos en solito y un largo y aromático etcétera.
Y sí, llevo una semana sin café...
Mi casa se cae de mugre; no tengo suficiente dinero en la cartera que me permitiera evadir mis confusiones y ataques de ansiedad con una compra inútil en OfficeMax (ah sí, yo descargo frustraciones mientras compro crayolas y post-its, así como algun@s lo hacen en Zara o Channel. O el súper!)
Mis "asuntos" (¿por qué los abogados tendemos a usar un léxico que en nada favorece a nuestra imágen?) están más estancados que el progreso de éste país en el primer mundo y todo es gracias a La Burocracia (¡sí señor!) y por ello no he podido cobrar mis honorarios. Ya,para colmo, mi gata se tragó una canica de Mateo, lo que me ha dejado con la cuenta en -5 pesitos (tal como el número de ustedes, queridos menos cinco lectores de siempre) ¡Y todo va mal!
Tooooodo.
Tengo las persianas cerradas. Malísima señal.
Afortunadamente el niño que vive conmigo está en la escuela, pues con sólo 20 minutos de interacción matutina ya tiene para dos o tres años de terapia y con cargo a mis erarios.
Y no puedo encontrar "mi contento". Por más que diga y me mantreé y me terapeé de que el café no me define, que el café no sustituye carencias emocionales ni me hace más inteligente o simpática, es por demás ocioso convencer a mi sistema límbico de que tome por buenas las tacitas de agua caliente y las convierta en bienestar generalizado.
¡Pffff, apesta!
Maldíta la hora en que dejé que el café se instalara en mi, haciéndome su princesa y esclava. Ahora ya ni me siento mujer, soy solo una especie de gelatinita (muy rosita, muy gordita) que necesita impulso natural para funcionar medianamente.
El café es para mi una especie de fetiche, como un cinturon invisible de seguridad que me resguarda de mis impulsos suicidas y locos. Es un objeto que me define, tristemente. ¿Pláticamos algo "grueso"? Con un café.
¿Estamos tristes y desesperados? Echémonos un capuchimoka del Jarochux para levantarnos el ánimo (Y si es en Coyo, ¡qué mejor!)
¿Vamos a fresear y a impactar a nuestra llegada a la maestría? Deja aviento lámina mientras sostengo mi caramel macchiato deslactosado del "Starbruts".
¿Nos amamos apasionadamente y seremos eternamente felices? Permíteme  tantito en lo que se calienta mi pocillito con canela y piloncillo.
El café es mi combustible mágico y sensual, el que aporta ideas en mi cerebro cuando este ya se niega a contribuir con éste, su blog de pacotilla.
Dénle las gracias a mi tacita de la FILIJ por tantas y tantas horas de solaz y esparcimiento que nos ha regalado al ser la detentora de la materia prima de éstos y otros dislates.
El café, queridos, es ese amante que no te deja, que no te cambia por otra por las mañanas cuando amaneces legañosa y apestando a gato (porque el bichejo tiene a bien dormir encima de tu cabeza), ni te voltea bandera cuando estás de neuras porque no te salen los proyectos.
El café es tu cómplice, te permite hablar, hablar y hablar sin reprocharte nada, te dedica miradas ansiosas de "tómame y llévame a tus labios" y jamás te juzga. Se queda hasta el final sin pedirte nada a cambio. Se fusiona con tus sentimientos y saca lo más brillante de ti... en el mejor de los casos.
En otros, pues simplemente te pone peor que maraquero de la Santanera y te hace pegar cada brinco cuando alguien estornuda. Pero aún ahí, está sensibilizándote al máximo, haciendo que todo tu ser se vuelva un receptor de cada mínima vibración.
Decirle adiós al café es como despedir a mi mejor chef; como ir a tirar a mi cochina gata a la basura porque ya me aburrió (¡jamás!), es decirle al amor de mi vida que lo amo, pero que no puede quedarse en mi vida.
Dolorosa despedida de una relación de más de 25 años, (o sea, empecé chica ¿eh?, no crean que ya me cargo mis 40's) que me ha traído mil y un sinsabores (pues el café del Tok's es bastante malito) y también me ha dado muchísimos momentos de inspiración y lucidez.
De momento nos decimos adiós con todo el dolor de nuestro corazón, deseando encontrarnos pronto, cuando mi tolerancia al ansiolítico se establezca o cuando de plano pueda funcionar sin antidepresivos.
Mientras tanto, mi cafetera sabe que tiene su lugar muy bien ganado en mi corazón.
Y en mi bodega también.
Gracias, café, por ser mi compañero... Hasta la rehabilitación siempre!


P.D. Ahora aquí pasará mi tacita sus días...

viernes, 19 de octubre de 2012

Domíname!

Lo vi con mis propios ojos.
Nadie me lo va a platicar, pues "la infantería" me demostró que la lucha entre hombres y mujeres comienza desde que Vanessa de "Cuneros 1" le avienta el pañal a Dorito y se arma la gorda.
Comienza lo que viene siendo la "batalla de los sexos".
¡Chín!
Miren, quisiera ser imparcial ahora que me encuentro viviendo en el tercer piso; justo cuando se me han acabado las dudas de la adolescencia y que los experimentos veinteañeros ya surtieron sus efectos a que dieron lugar.
Más aún cuando en casa estoy educando a un caballerito que, desde ahorita ya se le nota que lo van a traer bien atarantado. ¿Y saben por qué? No, no lo quieren saber. Esto a continuación pareciera que es una franca traición a mi bello sexo, pero para nada. Tomémoslo como una herramienta para hacer más llevadera (y más sabrosa) la vida entre hombres y mujeres.
Explico:
Las mujeres somos canijas con los hombres que percibimos "débiles" -y que no son otros que los eternos enamorados incondicionales-, para correr a los brazos de los "rufianes". Aquellos cuya cabellera larga ondea al viento mientras el rugido de la moto se lleva nuestros suspiros. Y no lo neguemos, chicas. ¿Quién no ha tenido un pretendiente que se les declara abiertamente su esclavo y al cual lo han despreciado por, precisamente, arrastrado?
Y aquel noble espécimen, con el corazón enlodado y destrozado se irá con el rabo entre las patas, aullando su desazón contra TODAS las mujeres y jurando venganza. Y la cumple, pues automáticamente se vuelve uno más de los rufianes, que hará suspirar a otra mujercita con sus desprecios. Bah! el cuento de nunca acabar.
¿Y que por qué "la infantería" me lo demostró tan bien?
Pues resulta que un muy hábil Matius me sableó una comidita del McDonalds después de la escuela. Llegamos muy cucos al área de juegos y devoramos papitas y nuggets. Acto seguido, pasó a jugar al globo con una nena. La nena, por cierto, era un poco mayorcita que él. De un sano juego infantil pasaron a otros más complicaditos, llegando a una especie de juego del matrimonio donde mi Matius y la nena salían de una casita y daban vueltas y volvían a entrar y así. Al ratito nada más el Matius salía a "trabajar" y la nena se quedaba en la casita... ¿Pues creerán que cuando el Matius se daba la vuelta, la nenita andaba metiendo a otro niñito a la casa?
¡¡Háganme el usual y típico rechingado favor!!
El niñito que rondaba tan feliz escena sólo esperó a que el Señor Matius saliera a trabajar para que la dulce damita le abriera las puertas de su casita y jugaran con el globo que ERA de mi hijo. ¡Imaginen mi indignación como mamá del pedacito de cornudo que estaba siendo mi niño!
Ahí no acabó la cosa pues Matius regresó ipso facto del trabajo y cuando abrió la puerta de su casita...
Ni peló. Él estaba feliz de jugar con la nena a la casita, salir a "trabajar" y darse de vueltas en la resbaladilla.
Pero la nenita sí que sabía lo que hacía, pues al llegar Matius sacó al otro niñito y se puso a jugar solita.
¿Qué le costaba jugar solamente con el noble (y despistado) Matius?
Es lo mismo a los 15, 25, 35, 45 ¡y hasta los 85!
Digamos que no, pero a muchas mujeres nos encanta el peligro que supone un buen canalla.
Y miren, hombrecitos: si a la primera de cambio, la amada en cuestión sólo los hace trabajar para ganar "puntos", mejor váyanse consiguiendo una moto y unas extensiones si es que quieren declararse conquistadores de su corazón. No trabajen en balde para que venga otro y, tronándole los dedos, llame a la dama y partan juntos, dejándolos a ustedes con un palmo de narices.
Sí, amamos que nos reten y saquen lo mejor que hay en nuestra escencia femenina: ese brillito diablezco en nuestros ojos que los hace a ustedes cuestionarse si en verdad es que tienen tanta suerte de compartir con nosotras nuestra atención.
Del corazón, hablaremos en otra ocasión...


martes, 16 de octubre de 2012

SOLIDARIDAD

Ey, el título no es una apología a aquel programa social que tanto significó para el Salinismo (y sólo para él) ni hablaré de nuestro eminente satélite (¿alquien sabe si aún sigue en órbita?) que conmocionó nuestros ánimos científicos en la época de oro del prísimo (porque, amigos, ESTA es su época de diamante, si me permiten la expresión)
Se trata, pues, de darles una embarrada de filosofía social aplicada a mi muy particular manera de ver -y vivir- la vida, vita, vie... whatever.
Así que... corría el año de 1988 o algo por el estilo. Por esas fechas cursaba el tercer grado de primaria con la miss que permitía el suministro de café a sus alumnos (en serio: podíamos llevar nuestro vasito; cada tanto alguien llevaba el azúcar, el café, el coffee mate y durante el recreo, nos hacíamos nuestro cafecito. ¡Es verdad! ¡Pregúntenselo a Laura!)
Y por aquellos días aconteció que "unos señores" llegaron a la primaria a buscar niños y niñas para modelar.
¡Guaaaaaaaau!
La revista Barbie tenía a mi autoestima en el suelo pues sus modelos eran niñas de evidente ascendencia europea o ya de perdis, del colegio Vista Hermosa. Yo por supuestísimo que nunca he renegado -y aunque quisiera, no podría- de mis orígenes indígenas de la zona Mixteca de Oaxaca. Es muy evidente el color de mi tez, mis rasgos faciales y, el carácter serio y solemne (ésto último, menos que otra cosa), así que de la nada aparecían estas personas que buscaban niños modelos, para ponerlos a pasarelear en Liverpool o algo por el estilo. Yo debía estar ahí, a como diera lugar. No podía dejar pasar mi oportunidad de volarme el resto de las clases -por mucho cafecito que me dieran- ni de ser la envidia de las compañeritas menos "agraciadas".
Así que acudí al mini casting que se llevó a cabo en la oficina de la Directora, la profesora Conchita -a la que, creánlo o no, se le festejaba el 8 de Diciembre "su Santo"- y obvio, llevába mi porra consistente en un par de gemelas cuya buena madre me cuidaba en lo que llegaba mi mamá por mi (apenas se empezaba a poner de moda que las mamás fueran profesionistas o que trabajaran) y bueeeno, héme ahí con toda mi muppetosa muppetez, tratando de caminar lo más derechita posible ante la mirada aprobatoria de los señores. También había una mujer, claro. No hay que pensar tan mal.
Total que sí me escogieron, pero debía marcar a mi casa para pedirle permiso a mi mamá. ¡Fuck!, mi madre no estaba en esa casa detrás del teléfono esperando mi llamada. Estaba resolviendo amparos en la Coordinación General Jurídica del D.D.F. y no tenía sus teléfonos ¡doble Fuck!
Así que, con la mirada reprobatoria de la secretaria, comencé a marcarle a mis abuelas, a la vecina, a mis tías... yo no se que pretendía pero el caso es que de ningún lado obtuve una respuesta favorecedora. O no contestaban o no entendían mi balbuceo incoherente...
Mejor así... tal vez...
Escogieron a otras niñas cuyas madres SI estaban a la mano para dar su manita a torcer. Yo regresé a mi saloncito, dispuesta a sufrir las burlas de los compañeritos que me vieron entrar (¡y "modelar"! Dios, que vergüernza) a la dirección sabiendo mis verdaderos intereses.
Al momento en el que me derrumbé en la banca y comencé a llorar, mis amigos se fueron acercando poco a poco... me consolaron... me dieron palabras de "no te preocupes", "todo estará bien", "a mi se me murió mi perro"... Uno más me preparó mi cafecito y una niña me regaló unas botitas para la "Barbie" que acababa de comprar en el recreo...
Solidaridad, amigos. No fue otra cosa que el tratar de hacer común mi dolor y entre toda esa pequeña sociedad que formaba el salón de clases del Tercero "B", tratar de sacar adelante el ánimo -y orgullo- maltrecho de la compañerita Dana...
La solidaridad se perfecciona a través de los actos que hacemos en favor o beneficio de los demás. La aprendemos o mejor dicho, aprendemos a desarrollar nuestra empatía, generosidad, buen corazón o como gusten llamarle. Y tales muestras de comprensión hacia mi deben ser remuneradas al universo, a quien me lo pida y bajo cualquier circunstancia...
Esta vez, me cuesta hacerlo porque... no es fácil la tarea.
No se si sea real o qué, no se si está bromeando o qué...
Mi abuela me ha instruído acerca de cómo quiere que lleve a cabo sus funerales. Sin errores, sin fallas. Con aplomo y optimismo.
"No es para que llores, Danita. Aún falta mucho tiempo para eso..."
Ojalá...

viernes, 12 de octubre de 2012

Euphoria.

¿Qué? ¿Regresé de un gran viaje, les hablé del amor de mi vida y luego me largué sin dar explicaciones? ¡¡¡¿Y?!!!
No crean que no se que es lo que están haciendo, ¿eh? Con todos esos correos en mi buzón y esos sms amenazantes y a la vez suplicantes de "Danos más, dános más", "tu miseria es nuestro placer" y "queremos más Gatería"
¿Acaso creen que me debo a ustedes? ¿Que elijo equivocarme en la vida para luego venir a lloriquearles aquí y recibir gratificación instantánea de ustedes?
Pues bien... tienen razón.
Todo eso y más.
Amo nuestra relación co dependiente "autor/lector". Amo ver que, de alguna retorcida manera, el compartir
con ustedes mis aventuras los hace a ustedes felices. Y prestos para experimentar en cabeza ajena, si me permiten la expresión.
En fin, este dicharacheo sin sentido debe ser más a causa de varias tazas de café en mi cuerpo y un Danonino como único alimento en mi panza que por el hecho de estarle dando vueltas al asunto que me trae por aquí y que aún no decido si soltarlo o no.
Hace unos días mientras me duchaba, pensaba en que ya llevo un año en casa de mis padres -bueno, en el penthouse que amablemente me ¿alquilan?- y mi situación personal ha cambiado tanto desde entonces que biológicamente mi cuerpo ha dejado de tolerar el antidepresivo. Esto no quiere decir que esté curada para siempre, que mañana sábado puedo embriagarme hasta las cachas sin temor a "cruzarme" y que tronándole los dedos a la vida, bien puedo mandar al carajo a mi "Red Angel" de personas, lugares y momentos que me han sostenido en tiempos difíciles.
Es más, creo que hacerlo evidenciaría el hecho de que mi cabecita sigue estando en cloroformo y una esponja ha pasado a borrar todas las enseñanzas aprendidas.
Pero quiero platicarles de la euforia de saberse propietario del mundo y que lo demás sea lo de menos.
Es peligroso, ¿saben? La euforia mal encausada puede trastornar a cualquiera. Más siendo unos seres que vivimos a base de emociones, conocimiento y decisiones estúpidas.
Por algo la Evolución no nos dió alas a los seres humanos, porque sabía la muy cochina que de hacerlo, la primer especie en extinción hubiéramos sido nosotros... o bueno, los primeros homo erectus.
Yo pienso que es muy bonito sentir bonito. Que está muy bien estar en un estado de ánimo tan alto que te permita soportarlo todo, desde lo hermoso y feliz, hasta lo trágico y doloroso. Y que si no existiera el otro lado de la moneda, la vida sería perfecta.
Todos sabemos que eso es imposible, pues definitivamente la humanidad teje sus tramas y nos cobija todos en una telenovela. Vean a su alrededor y díganme que no, que sus solas decisiones los tienen donde están.
Evidentemente no.
Si a mi no me hubiera roto el corazón Israelito de Kínder 1 en 1984, jamás estaría escribiendo estas líneas tan llenas de amargura. Al contrario, mi vida hubiera sido perfecta pues mi primer "crush" hubiera sido "el bueno" para toda la vida y ustedes no tendrían lectura para el baño el día de hoy.
La Euforia es esa fuerza que te empuja a decir "¡íngue su madre, me lo chingo!" y te precipita escaleras abajo para hacer cosas que en tu sana apatía no hubieras conseguido ni siquiera imaginar.
Y miren que ya les he platicado de varias, ¿eh? No olviden mis excursión suicida a la Marquesa o el aventurarme a buscar a un hombre hasta el corazón de su montaña, sin mapa y sin conciencia.
O que tal el brincar de balcón en balcón en Ixtapa, ¡no manchen, devuélvanme mis medicinas!
Y, debo confesarlo, he escrito varias veces bajo el efecto embrutecedor de la euforia.
Lo pueden notar cuando la redacción es azarosa y al final siempre dejo moraleja.
En términos generales, la euforia no es mas que un extra boost mental que hace que te pases de la raya éticamente hablando, y cuyos resultados son tan impredecibles como los sentimientos que experimentas cuando tus niveles de oxitocina y serotonina vuelven a su estado normal (que en mi caso son bajísimos).
Es lindo, en este mundo, en este país donde cada vez es más duro lograr la felicidad completa (cualquier cosa que eso signifique) es hermoso sentir esos cosquilleos en la panza, esos ojitos brillantes y que de tus labios brote esa estúpida sonrisa delatora cuando la euforia llega a tu puerta.
Lo fue ayer, lo es hoy y seguramente lo seguirá siendo mañana.
Más cuando después de un día literalmente negro, aparece un ícono rojo en mi página de Feisbuk que indica que sí, que tú también estás pensando en mi...

"...Baby, I´m ready to go..."