viernes, 14 de diciembre de 2012

LOS ÁRBOLES NAVIDEÑOS ME HACEN LLORAR.

Y cuando desperté, el árbol de Navidad se encontraba en mi sala, mirándome con cara de "Así es, chulita. Ya llegué y sabes lo que ello significa: estás a dos minutos de que se acabe el año y sigues en las mismas" ¡Pta madre, quién carámbas te dejó entrar!
Cuando uno decide entrar a rehab para tratarse una adicción (algo muy popular en nuestros días) piensa que al salir se encontrará el mundo tal y como lo dejó. Y pus no. La vida siguió, tu ex se casó, tus hijos se fueron de la casa sin darte alguna explicación, tus amigos te sustituyeron con un ciber amigo de Malaysia y tus padres están de retiro en Retiro, Argentina.
En mi caso, todo eso sucedió excepto el tema de los hijos, pues el mío no terminaba de empacar sus juguetes cuando llegué a casa y ya ni cómo hacerle.
¿Y como por qué tuve que entrar a rehab y decir "no, no, no"? Ah pues porque el Vextor tiene sus garritas bien poderosas, manitos. 
El antidepresivo más vendido en cierta clínica psiquiátrica es también el más imbatible y entre sus muchas "bondades" se cuenta el hecho de que, neta, jures por tu madrecita santa que lo necesitas más que el sol y el agua al mismo tiempo.
Bueno, no pateemos el pesebre (y mucho menos en éstas fechas tan suceptibles), el Vextor tuvo lo suyo, fuimos felices, le entregué mi cuerpo y mi alma y por la analogía con la mayoría de mis relaciones sentimentales, le perdono todo el daño que me hizo y le agradezco todos los momentos felices que vivimos.
Así de generosa (y dependiente) soy ¡cómo no, con mucho gusto!
Pues sí, después de un periódo de desintoxicación decidí asomarme por aquí, con la cola entre las patas y con cierto temor a encontrar las paredes mugrosas, restos de comida mohosa en el refri y el tocadiscos atascándose en un acorde monótono y fúnebre. Tal vez -pensé- si cerraba tantito los ojos y aguantaba el aire, las cosas no se verían tan desagradables y mi complejo de culpa no brincaría cual perrito pulgoso. Y bueee, aquí me tienen:  de a pechito para responder cualquier pregunta que se les ocurra y rogándo que porfis-porfis, sus juicios de valor se me resbalen como mantequilla pues tiendo a ser la más culpígena de las mujeres habidas y por haber sobre la faz de la tierra.
Pero entonces, el árbol de navidad...
El sólo hecho de saber que ya se acercaba la época del año más temida por los guajolotes del mundo me hizo reflexionar sobre el estado de las cosas. 
De repente me sorprendí haciéndo listas de "to do" y comprando con singular alegría listones y pompones y silicón y diamantina y cuanta madre me enjaretó la señito de Fantasías Miguel. 
Para sorpresa mía, ya estaba metidísima en la máquina de coser haciéndo mis jueguitos de baño y cortinas y guardapolvos navideños, pero del árbol ¡nada!
Por alguna extraña manera, el hecho de ir a comprar al árbol (guárdense sus análisis ecológicos) y pensar en "el tema de éste año" y sus ene mil lecturas, es un asunto que me pone mal. Se que toda esa parafernalia navideñosa es el preludio de un drama que ya me tiene aburrida pero que no se cómo convertirlo en virtud.
El famoso "análisis de conciencia" es un tema harto sobado y que por más que quiera enterrarlo en lo más profundo de mi inconsciente, tarde o temprano -pero no antes- saltará como resorte y se plantará frente a mi para que le eche un ojito y una revisadita.
Y la verdad, no se me da la gana considerar nada de lo hecho y vivido por ésta servidora, ¿cómo la ven?
Por éste año daré por "buenas" todas y cada una de las decisiones que tomé y no me haré hara kiris mentales. Total, lo hecho, hecho está y si está mal hecho, pus qué mal pex porque ya está hecho (¡quihúbole!)
Y si este año se me antoja adornar el arbolito con croquetas de la Peluss... ¡que así sea!

*Corre rápidamente a Fantasías Miguel por otra tanda de diamantina...*



2 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy bien dicho comadrita!! No hay porq arrepentirse lo hecho hecho esta....yo tampoco reflexionare....besos! Danny Fdez

Anónimo dijo...

Pero oye el arbolito ese si q no puede faltar y menos con un Matius en casa. Tu comadrita