Llegar a teclear estos signos gráficos significó dejar a una púber llorando de dolor de costillas, pestañas y corazón en mi cama, chillando por mi atención y nada más que mi atención, sortear el ametrallado de preguntas/comentarios random del joven que vive en mi casa y que se encuentra jugando videojuegos al lado de mi escritorio, lo que supuso ponerle un másking en la boca y advertirle que llevo dieciocho años maternándoles y que necesito 10 minutos para mí. Esto, mientras tengo el WA repleto de mensajes scouts de todas las manadas de México que están en el Rally Nacional de Manadas, al cuál no acudí porque sigo teniendo un trabajo impredecible, hijos que cuidar, gatos que alimentar y un complejo sistema de micromanagment que no ha podido prescindir de mí.
Bueno, con esto quiero decir que la vida desde que abrí el blog ha fluído de maneras curiosas, radicales a veces y siempre con un mismo objetivo: que mis hijos sean felices conmigo, yo ser una buena mamá para ellos.
Estas letras son testigos de que no siempre lo he conseguido de manera permanente, al cien, super wow y sin dolor. Bien al contrario, es un camino acuoso por la cantidad de lágrimas con las que lo hemos ido pavimentando. Y aún así, en éstos minutos que estoy escribiendo esto, experimento una hermosa calma, paz y completitud.
Estoy feliz de aceptar lo que no puedo cambiar: el no poder tomar el café en calma, sin interrupciones, el seguir sintiendo que no tengo el suficiente tiempo para leer, escribir, pintar o simplemente ver doscientos tiptops de carritos coreanos llenos de peluches. A cambio, tengo una nena que se está convirtiendo en una joven con una visión muy diversa de la vida, cuyos colores rosa, morado y azul los lleva con orgullo a todas partes y me ha hecho su lugar seguro para poder ser y crecer en todos los sentidos. Me siento muy feliz de que hay en ella la semilla de una feminidad orgullosa de serlo, de una admiración, gratitud y curiosidad por la vida. Me encanta que no claudica en lo que cree, ni en lo que le gusta. Ya sé, ya sé, lleva mi rebeldía en su cabello largo y suelto, mi encanto en la sonrisa con la que se burla de todo lo que no casa con ella. Por otro lado, el joven Matius es el chico del año con su calma y buen corazón. De repente empezó a crecer y no dejó de hacerlo. Con su uno ochenta y cabello largo y chino, está listo para unirse a la Facultad de Psicología en Ciudad Universitaria. Por supuesto, estoy muy orgullosa de él, estoy feliz de que su fuerza de voluntad lo ha puesto en donde ha apuntado y no se suelta del baobab para nada.
Y yo... ok, me he quejado sistemáticamente de la maternidad, de las responsabilidades, del trabajo y de la falta de tiempo y ahí voy y me inscribo a los scouts. A dirigir la manada de lobatos del grupo de Alo. No solo eso, me comprometí a full y estoy tomando todos los cursos habidos y por haber. Estoy muy orgullosa de mí, no lo voy a ocultar. Me siento feliz de poder usar mi uniforme, de sentirme poderosa con mi pañoleta y mi silbato, lista para dirigir y hacer fuertes a los niños a mi cargo. Me ha quedado claro que lo mío es el cuidar, guiar, dirigir. Ya no voy a luchar contra eso, lo abrazo con todo mi ser.
Servir se ha convertido en una manera suave de poder vivir en paz conmigo y con mi alrededor.
Y de mi experiencia en los scouts, seguiré platicando más adelante. Si algo he aprendido es que he intentado cerrar este blog ene mil veces y la vida siempre me da motivos para regresar.
En fin.
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